De un lado el sol, escondiéndose. Rollizo, dorado. Acompañado de estratos de color rosa y morado.
Del otro, la luna. Redonda, blanca, casi llena. Empeñada en deslumbrarme otra vez más.
En el centro, presentando, yo misma. Decidiendo por qué lado decantarme. Entre curvas y caravanas creando caravana. Redundante.
La aceituna que tengo por cabeza es sostenida por un palillo algo resquebrajado que se queja, en movimiento y parado.
El sol casi termina de esconderse, por lo que, sorprendentemente... Me decido por dejarme deslumbrar por la luna.
La miro incesantemente. Trato de mimetizarme con ella y, además de la palidez, consigo centrarme en la distancia que nos separa.
Olvido lo demás. Hasta tal punto que al cerrarse mis ojos para comprobar si en la oscuridad veo ese brillo que se ve cuando te deslumbras, me sorprendo dormida.
Quizás ella lo entienda y por eso, al despertarme, yo también.
Mirándola o no, me lo permita mi palillo o no...
Con la cabeza bien alta.
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