No puedes seguir pretendiendo que tu moreno se plasme para siempre en tu piel.
Miles de extraños acontecimientos y un duendecillo escondido hacen que tu tarde de ordenador sea distinta y te decides por hacer limpieza.
Encuentras cosas que guardas incomprensiblemente y que deberías haber tirado hace mucho tiempo.
Rompes, arrugas y tiras.
Miras cosas con cariño, intentas recordar sucesos, sonríes, guardas.
Despliegas ante tus ojos una cantidad desmesurada de papeles que te resistes a conservar.
Empiezas por dar una pequeña ojeada y, después, no puedes parar de leer.
Observas nombres de gente que ya ni recuerdas y te vuelves a enterar de porqué sucedieron cosas que te contaron.
Tratas de visualizar las cartas que tú escribiste a través de sus respuestas.
Una sonrisa se planta en tu cara. Es gracioso leer estas cosas...
Descubres porqué eres cómo eres y porqué eras como eras.
Entiendes que en esas cartas fuiste escribiendo tu camino y empezaste a guionizar tu futuro.
Muchas de esas cartas ni las recordabas. Dudas porqué aún guardas algunas y te jode haber sido tan tonta como para tirar otras.
Y fueron buenos y no tan buenos momentos.
Fueron inocentes.
Y miras esas cartas con la única nostalgia de que el tiempo pasa muy rápido y a veces tu memoria no te deja recordar.
Pero te hace feliz leer algunas porque ciertas personas siguen a tu lado.
Unos se fueron y otros han llegado.
No echo de menos nada. Quizá el escribirnos cartas...
Por suerte alguien me deja notitas escondidas por los rincones de mi habitación.